Alicia se acercó lentamente y repitió el mismo proceso que había hecho en la cueva: cogió un poco de agua de su cantimplora y con los dedos empapó un poco la pared. De repente un sordo eco metálico sonó en la iglesia, retumbando como un trueno en plena tempestad. Antes de que pudiera reaccionar, una anciana se acercó hasta ella, se presentó como la Maestra, y son voz tranquila y pausada habló:
—Has llegado hasta aquí porque sabes escuchar —dijo la mujer—. No al ruido del metal cuando se golpea, sino al que queda cuando calla, el eco del martillo y el correr del agua.
Alicia no respondió. Sabía cuándo una pregunta estropea el momento. La Maestra siguió hablando...
—Nos llamamos Canteros —continuó—, pero antes de levantar muros, aprendimos a leer la tierra. El agua nos dijo dónde cavar. El hierro nos enseñó cuándo detenernos. Así fue hace más de dos mil años, cuando los herreros romanos entendieron que este lugar no debía explotarse sin medida… sino comprenderse.
La mujer apoyó la palma sobre la piedra húmeda.
—Desde entonces, vigilamos. No cofres, ni oro. Vigilamos el conocimiento. Porque quien domina el metal sin respetar el agua, acaba perdiendo ambos. Esta comunión nos hizo quienes fuimos, quienes somos… y quienes seremos.
Alicia sintió que aquellas palabras no eran una lección, sino una advertencia heredada.
La Maestra sacó de entre sus ropas un objeto pequeño, pesado, frío. Era una pieza de hierro, irregular, claramente antigua. No estaba oxidada del todo. Tenía marcas grabadas, no decorativas, sino funcionales: líneas, muescas, símbolos que parecían indicar direcciones más que significados.
—No es una llave —dijo—. Tampoco un tesoro. Es gesto para premiar su sabiduría y recompensarte. Los romanos la usaban para reconocer lugares donde el agua y el metal conviven en armonía.
La Maestra le entregó a Alicia la pieza y se despidió de ella. La intrépida aventurara no sabía qué decir...