alicia jones

en busca de la fuente de la vida…
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Obejo nuevo

Ayuda a Alicia Jones a investigarlos misterios que ocultan las viejas galerías mineras de Obejo y los manantiales de Cerro Muriano. Prepárate para superar retos, aprender y descubrir los secretos de los Canteros... ¡¡¡Comienza la aventura!!!

Alicia es una historiadora aficionada con debilidad por los misterios y tu eres su ayudante en esta aventura por el mágico pueblo de Obeso... ¿Cómo te gustaría llamarte en esta aventura?

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Alicia Jones llegó a Cerro Muriano con la sensación de estar pisando un lugar que nunca había dejado de trabajar. El color rojizo del suelo no era casual: era la huella visible de siglos de minería. Antes de adentrarse en galerías y cerros, decidió empezar por lo esencial: comprender qué había hecho de este lugar un enclave único, así que fue al Museo del Cobre.

Pasó la mañana revisando mapas antiguos, herramientas corroídas y anotaciones técnicas que hablaban de ingenieros romanos, de agua conducida con precisión y de metal arrancado a la sierra con paciencia.

¿En qué museo estudió Alicia las herramientas romanas antes de comenzar su investigación en Cerro Muriano?

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Entre sus salas, quizás, podría encontrar alguna pista, algún detalle oculto que se le haya pasado por alto a alguien, algo que solo ella podría descubrir, escondido entre aquellas salas donde el principal protagonista era...

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Todo apuntaba a un mismo protagonista histórico, presente desde hacía milenios en la vida del territorio, el cobre. Quizás, pensó, puedo averiguar algo más si voy al filón de las Siete Cuevas, uno de los depósitos de metal más importantes del pueblo y donde los se ha extraído el material desde que los primeros pobladores íberos comenzaron a trabajar el cobre, algo que continuaron romanos, visigodos, musulmanes y cristianos.

Con esa certeza, Alicia ascendió hasta el Cerro de la Coja, un lugar donde el paisaje parecía tranquilo, pero la roca estaba llena de cicatrices antiguas por...

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Alicia se adentró en la mina, con su casco, una linterna y la esperanza de poder encontrar alguna pista. Entre restos de galerías y cortes en la piedra, identificó uno de los puntos clave usados por los romanos para organizar la explotación minera. Una figura tallada en la piedra, pero no tenía sentido, ¿era un león? ¿Un carnero? No podía ser... limpió con una brocha suavemente la piedra, y ante ella aparecieron los símbolos de Vulcano, el Dios Herrero de los romanos, un yunque y un martillo...

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Alicia siguió explorando las viejas galerías, encontrando cada vez más símbolos, hasta que llegó a un punto en el que no pudo seguir más. Una pared sin salida, pero había algo que no cuadraba, la pared parecía que tenía hollín en la parte inferior.

Extraño, parecía fuera de lugar, ¿quién acercará una llama al suelo? Y mientras decía esta palabras un pensamiento inundó su mente. ¿Y si era un mecanismo secreto? Alicia rebuscó en su mochila, arrancó unas hojas de su vieja libreta, las arrugó y colocó en el mismo lugar. A continuación, buscó dos piedras y comenzó a entrechocarlas.

Al sexto golpe empezaron a saltar chispas, lo estaba haciendo bien. conforme más golpeaba las rocas, más chispas brotaban de ellas, hasta que una llegó a los papeles y poco a poco empezaron a quemarse. En el momento en el que el fuego alcanzó el fuego sonó un eco metálico en el túnel y, ante Alicia, se abrió la pared.

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Alicia se adentró en la cámara, una vieja inscripción en latín estaba tallada en la piedra. Por un lado, hacía referencia al proceso lento y cuidado de extracción del metal, hoy conocido como lixiviación, en el que se usaba agua y ácidos naturales para separar los metales como el oro, la plata o el cobre de la roca.

La Indiana de Sierra Morena no entendía nada del lado derecho, parecía más un inventario que detallaba el número de obreros, materiales, recursos extraídos... no tenía sentido. Quizás tenía que ver con el proceso de extracción, el agua y la...

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¡Lixiviación! Pues claro... se dijo Alicia a sí misma mientras tomaba su cantimplora y vertía un poco de agua en la piedra.

Al momento una nueva inscripción apareció sobre la pared. De un modo extraño, era como si el agua resbalase por la piedra excepto en estas partes, y poco a poco el mensaje oculto se reveló:

"

Thesaurus lapideorum non clamat, sed manet.
In umbra putei altissimi dormit,
ubi manus ignis quondam laboravit.
Quaere non aurum, sed vestigia ferri.

"

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Estaba claro que el tesoro no iba a ser fácil de encontrar, pero la inscripción hablaba de un pozo. Tenía sentido, ya que el agua fue fundamental para los romanos en la extracción de minerales, y para nuestra intrépida aventurera.

Había una mención a un manantial, recordaba Alicia, en el Museo del Cobre, que era mencionado desde los antiguos romanos porque sus arquitectos lo utilizaban ya, pero no se encontraba en Obejo y, aunque pertenecía a la misma población, tenía dudas de si podría encontrarlo... ¿Pero cómo se llamaba?

 

 

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La Fuente del Rey, podría ser donde estuviera la siguiente pista.

El sendero que conectaba Cerro Muriano con Obejo no era solo un camino físico. Era un cambio de mirada. Si en Cerro Muriano la sierra se abría para extraer metal, en Obejo el agua parecía brotar para sostener la vida.

Obejo apareció ante Alicia como un conjunto de casas blancas encajadas en la sierra, protegidas por su propia geografía. Aquí no había grandes explotaciones visibles, pero el sonido del agua estaba en todas partes.

¿Qué característica del pueblo de Obejo lo hace ideal para ocultar secretos históricos?

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Alicia se adentró en Obejo buscando la Fuente del Rey, donde podría encontrar la nueva pista para su aventura y encontrar el Tesoro de los Cien Pozos. Tras hablar con algunos habitantes, Alicia descubrió que estas fuentes no solo daban vida al pueblo, sino que sus cauces dirigían hacia antiguos asentamientos prehistóricos ocultos en los valles fluviales. Sentía que se estaba acercando, aunque le hablaron de otra fuente que podría contener alguna pista...

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Estaba claro que el agua era el elemento más importante de Obejo, al igual que el cobre lo era en Cerro Muriano. Tras pasear por ambas fuentes y buscar durante horas, Alicia visitó la iglesia del pueblo, un edificio que ha vigilado el suministro de agua desde hace siglos. Bajo su sombra, los mineros que subían desde el Muriano agradecían haber encontrado agua y metal, ¿pero cómo se llamaba?

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Partió hacia la Iglesia de San Antonio Abad, un refugio de paz dentro del bullicioso pueblo, cuyos habitantes ya se preparaban para la Navidad.

Alicia se sentó en uno de los bancos y se puso a pensar en todo lo que había descubierto ese día, las cámaras subterráneas de Cerro Muriano, las vetas de cobre, la importancia del agua y cómo la tradición minera había permanecido casi intacta en esas tierras por miles de años.

Alicia Jones consultó sus notas sobre la cuenca del Guadalmellato, que es un afluente del...

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El agua fluía como la vida en Obejo y en Cerro Muriano, desde hacía siglos, y quizás ese era el tesoro

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Alicia se dispuso a marcharse, pero en una de las paredes de la iglesia estaba tallado en piedra el mismo símbolo que vio en la cueva de Cerro Muriano

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Alicia se acercó lentamente y repitió el mismo proceso que había hecho en la cueva: cogió un poco de agua de su cantimplora y con los dedos empapó un poco la pared. De repente un sordo eco metálico sonó en la iglesia, retumbando como un trueno en plena tempestad. Antes de que pudiera reaccionar, una anciana se acercó hasta ella, se presentó como la Maestra, y son voz tranquila y pausada habló:

—Has llegado hasta aquí porque sabes escuchar —dijo la mujer—. No al ruido del metal cuando se golpea, sino al que queda cuando calla, el eco del martillo y el correr del agua.

Alicia no respondió. Sabía cuándo una pregunta estropea el momento. La Maestra siguió hablando...

—Nos llamamos Canteros —continuó—, pero antes de levantar muros, aprendimos a leer la tierra. El agua nos dijo dónde cavar. El hierro nos enseñó cuándo detenernos. Así fue hace más de dos mil años, cuando los herreros romanos entendieron que este lugar no debía explotarse sin medida… sino comprenderse.

La mujer apoyó la palma sobre la piedra húmeda.

—Desde entonces, vigilamos. No cofres, ni oro. Vigilamos el conocimiento. Porque quien domina el metal sin respetar el agua, acaba perdiendo ambos. Esta comunión nos hizo quienes fuimos, quienes somos… y quienes seremos.

Alicia sintió que aquellas palabras no eran una lección, sino una advertencia heredada.

La Maestra  sacó de entre sus ropas un objeto pequeño, pesado, frío. Era una pieza de hierro, irregular, claramente antigua. No estaba oxidada del todo. Tenía marcas grabadas, no decorativas, sino funcionales: líneas, muescas, símbolos que parecían indicar direcciones más que significados.

—No es una llave —dijo—. Tampoco un tesoro. Es gesto para premiar su sabiduría y recompensarte. Los romanos la usaban para reconocer lugares donde el agua y el metal conviven en armonía.

La Maestra le entregó a Alicia la pieza y se despidió de ella. La intrépida aventurara no sabía qué decir...

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